¿Qué tienen que ver The Police y el punk con el emprendimiento?

Nada. Y todo.
Hace rato que decidí sumergirme en libros autobiográficos que no tuvieran en apariencia, nada que ver con el managment ni con esos casos exitosos de negocio que se escriben con fruición en todo tipo de papers.

En esa búsqueda, una historia  interesante me llegó a las manos cuando abrí el libro autobiográfico del guitarrista de “The Police”, Andy Summers. Para quienes conozcan poco sobre este grupo musical, debemos decir que se trata de una de las agrupaciones de música pop más importantes e influyentes de los últimos treinta años y que a comienzos de los años ochenta se transformó en un fenómeno mundial con un éxito sólo comparable al de los Beatles. (Ver libro Librería Antartica)

Sin embargo, revisando la historia, la pavimentación hacia el estrellato tuvo a lo menos tres hitos fundamentales y me pareció interesante relacionarlos con la temática del emprendimiento y la perseverancia en nuestros proyectos. Por lo demás, como todo proceso de emprendimiento empresarial (o de búsqueda de la fama como en este caso), son miles los que tratan y sólo un puñado los que llegan. De ese puñado, la historia de Andy Summers y The Police son fuente de anécdotas que nos enseñan sobre la fe, la convicción en lo que somos y la forma distintiva en que debemos presentarnos. (O de hacernos marketing…podríamos decir).

El primer hito: una guitarra Fender Telecaster de segunda mano capaz de devolver la fe en el destino.

Andy Summers había sido un actor de segunda clase en el vertiginoso auge de la escena musical londinense de principios de los sesenta por medio del rhythm and blues y el jazz para luego viajar a California y formar parte de Eric Burdon & The Animals, un grupo de gran proyección en plena explosión del movimiento Hippie. Los alucinógenos, las noches demasiado largas y los avatares propios del mundo de la música determinaron finalmente un declive que terminó con Summers ganándose la vida como un simple profesor de guitarra para aficionados en los suburbios de Los Ángeles. El sueño parecía terminado y su pasión por la música extinta en medio de la depresión y la desesperanza.

Desde los 14 años hasta esos años, la vida de este guitarrista y la música eran una sola cosa. Una pasión inamovible por las cuerdas era ahora abatida por la falta de norte, la sensación de fracaso y la necesidad de subsistir subyugando los sueños de juventud en medio de aburridas lecciones para aprendices.

Un buen día, sin embargo, un alumno le ofrece vender su guitarra vieja Fender Telecaster de segunda mano por sólo 200 dólares. Lo interesante es que cuando Summers prueba esta desteñilla y añosa guitarra, algo le pasó. El sonido que surgía de ella era totalmente increíble. Dicho por él mismo, esa pieza de madera le despertó sensaciones que hacía años no tenía. Volvió a pasarse horas repasando partituras de Coltrane y Telonious Monk como en sus comienzos y al cabo de unos meses, decidió que el sueño aun no estaba del todo perdido. Convenció a su mujer, hizo las maletas y dejó Los Angeles para regresar al Londres efervescente de principio de los setenta, con los bolsillos vacíos y las ganas de volver a empezar de cero. Una vez más.

¿Qué tiene esto que ver con un proyecto de emprendimiento? Puede ser un poco aventurado, pero cuando leí esto pensé en que cada uno de nosotros debe tener una “Telecaster” en su proyecto. Alguna cosa que de alguna manera nos vuelve a conectar con el sueño que perseguimos cuando estamos desesperanzados o creemos que nuestro proyecto no va a ninguna parte. Puede que no sepamos dónde está, pero debemos buscarlo en aquellas vivencias que tienen que ver con la pasión que nos llevó a iniciar el emprendimiento. Puede que encontremos en esa conexión la energía y que recojamos de allí lo que nos lleve de nuevo a emprender el viaje. A lo menos, escrito por el propio Summers, lo que sucedió con esa guitarra fue algo absolutamente mágico. Quizás esos milagros existen y si no, vale la pena buscarlos.

El segundo hito: reconocer tu esencia y no perderla a pesar de llevarte a hacer  aquello que nadie hace.

Es Londres. Segunda mitad de los setentas. La escena es dominada por un sólo movimiento: el punk. Si quieres ser alguien, debes ser punk. Y en eso andaba un baterista norteamericano llamado Stewart Copeland. Queriendo ser alguien. Su proyecto consistía en armar un grupo punk llamado “The Police” y para cumplir la misión ya había reclutado a un guitarrista llamado Henry Padovani y a un bajista de Newcastle que se hacía llamar Sting. El problema fue que la música punk era lo opuesto a la refinación y el producto creativo del trío, una buena mierda.

Pero pasaron dos cosas. La primera: Andy Summers apareció en escena, desplazando a Padovani y permitiendo que Sting pudiera dar rienda suelta a su talento como compositor. Y la segunda: decidieron meterse el punk por cierta parte y dejar fluir sofisticadas mezclas de Jazz, Reggae y Bossa Nova que tanto Sting como Summers conocían y venían experimentando desde hacía rato.

El primer resultado: una canción llamada “Roxanne”. Un tema que para los parámetros del momento, era casi una blasfemia. Pensar siquiera en lanzar algo así en la Inglaterra de la época era casi como declararse un loco de remate. Por lo mismo que los tres músicos habían pensado no mostrársela a su manager Miles Coperland y si decidieron hacerlo, fue poniéndose colorados  y casi por hacer el trámite. Sin embargo, cuando los últimos acordes se desvanecieron en el aire, un silencio inundó la sala. Miles se levantó luego de una pausa con la cara iluminada y diciendo que esto había que mostrárselo directamente a la casa productora, hasta ahora renuente a dar apoyo a la banda. Esto era un hit y el pasasporte al estrellato.

Según el propio Summers, la capacidad de responder a su esencia como músicos y escuchar sus propios instintos, aun a costa de ir contra de lo que había que hacer, fue la fórmula mágica que les permitió escapar de la disolución y crear un sonido único que los catapultó al éxito. Ese sello distintivo es lo que transformó a The Police en una leyenda y explica cómo después de 30 años, se dieron el gusto de reunirse y reventar todos los estadios alrederor del mundo en la gira más exitosa de todos los tiempos.

¿Alguien de ustedes ha tenido una “Roxanne” guardada en el cajón del escritorio? Si la respuesta es no, quizás sería bueno mirarse y saber hasta dónde se está siendo honesto con la propia esencia. Ser lo que no se es, nunca podrá llevarnos a donde ese ser nos quiso llevar poniéndonos un sueño en la cabeza. Y si la respuesta es sí, bueno, a correr!

El tercer hito: Ser interesantes para tu audiencia en todos los sentidos.

Para muchos, Miles Copeland fue el cuarto Police. Pero no porque supiera tocar un instrumento sino por su creatividad y visión de marketing. Concibió desde los comienzos que para ganar la batalla por la atención de las audiencias, debía pensar en The Police no como una banda de rock más sino como un “producto” interesante y que llamara la atención de la prensa. Todas las bandas de rock tenían lo mismo que decir. “Tocamos aquí, tocamos allá, hicimos este disco, logramos este lugar en el ranking, bla, bla…”. Pero ninguna tenía algo llamado “notoriedad”.

En la mente de Miles habita otra visión de lo que debía ser la forma de posicionar una banda. Llamar la atención más allá de la música. Algo que hoy nos parece casi obvio pero que en esa época era inusual del todo. Debían teñirse el pelo de rubio, tocar en lugares donde ninguna otra banda occidental lo habiera hecho. Aparecer en Tokio, El Cairo, Bombay, Hong Kong, Rio de Janeiro, Buenos Aires y por cierto, hasta en un curioso festival llamado Viña del Mar. Por qué no vestirse como jeques árabes, visitar pirámides cabalgando camellos o compartir viviendas con nativos de Tahilandia. Todo aquello que sonara a novedad era parte del repertorio marketero del grupo y la culminación de esto fue el mítico recital en el Shea Stadium de Nueva York en Septiembre de 1983. La idea propagada por la prensa era simple: el último grupo que había llenado ese estadio habían sido los Beatles, con 70 mil personas. Ahora el turno era de The Police y el desafío que circuló durante días se vio coronado por un apoteósico recital frente a más de 85 mil personas que reventaron el estadio. La jugarreta ideada por Miles encontró eco en una mención al grupo de Liverpool que el propio Sting se encargó de hacer sobre el escenario y que fue titular de los principales diarios al dia siguiente. “Haz cosas distintas. Sólo así la prensa se fijará en ti” declaraba Miles. Sólo así serás objetivo de las revistas y la televisión. Sólo así serás parte de la imaginación de millones de fans a través del mundo. Y así fue.

Ser distinto, tener un estilo diferente, que llame la atención siempre es un valor para la audiencia. Esto, que los publicistas predicamos tanto, es lo que produce un producto exitoso. Lo aburrido, lo monótono, lo usual y sin diferencia no atrae. No es fácil hacerlo sin caer en lo absurdo o pretencioso, pero si lo logramos, conseguiremos algo que es crucial: memorabilidad.

Si pensamos en ejecutivos de un board acostumbrados a ver desfilar cientos de proyectos para darles financiamiento o consumidores que siempre buscan algo nuevo, quedarnos fijados en sus memorias y permanecer ahí es demasiado importante. Ser igual a los demás no nos va a ayudar. Eso que entendió Miles Copeland debemos entenderlo nosotros. De eso depende muchas veces el futuro de nuestro negocio.

¿Qué tienen que ver The Police, guitarras y movimientos punk con tu emprendimiento? Yo, por lo menos, creo en las historias. Son reales y a menos que Andy Summers sea un producto del marketing, su biografía es una gran lección: sexo, drogas y rock’n’roll pueden parecer la mezcla de la vida de cualquier músico famoso pero la realidad finalmente es otra. Bastante más pedestre, simple y poco glamoroso: mucho trabajo, mucha perseverancia y mucha fe.

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